Algunos papeles marcan épocas enteras de la televisión. Algunos actores se convierten en rostros con los que crecen generaciones. Para el público en Serbia, Luis Merlo pertenece precisamente a esa categoría. Nuestro interlocutor alcanzó la fama en esta región con el papel de Héctor de la Vega en la serie “El Internado: Laguna Negra”.
En su primera entrevista exclusiva para los medios serbios, Merlo habla para la revista “Zmaj” sobre la responsabilidad que conlleva el papel de protector, el peso de los destinos ajenos en pantalla y la decisión consciente de permanecer fiel al teatro en una época de vida acelerada.
Su Héctor fue un pilar de responsabilidad: una figura que sustituyó a un padre y a un hogar para niños abandonados. Recordando ese fenómeno, Merlo admite que trabajar con jóvenes promesas —hoy ya actores de reconocimiento internacional— fue facilitado por su talento, pero exigió un enfoque interpretativo muy específico.
– Como actor, diría que estar al lado de esos jóvenes intérpretes que ya se habían demostrado a nivel internacional, como en el caso de Ana de Armas, es muy fácil, porque ellos mismos te lo facilitan muchísimo. Pero el matiz está en que mi personaje debía equilibrar disciplina y autoridad, siempre desde el idealismo y el romanticismo. Él es un enamorado de su profesión, está en la búsqueda de su hermana y cuida de su sobrino. Quiero decir que existe una dimensión muy romántica en ese personaje, preciosa de interpretar, porque el poder que ejerce sobre los alumnos es el poder de alguien que cuida de esos “pobres niños ricos”. – comienza la conversación para “Zmaj” el célebre actor.
En los oscuros pasillos de la “Laguna Negra” se sobrevivía únicamente gracias a la confianza. Mientras los personajes aprendían frente a cámara a quién podían tomar de la mano, Luis construía entre bastidores esa frágil relación con sus jóvenes compañeros desde un absoluto respeto a su espacio.
– Nunca me entrometí en su trabajo, porque para eso estaba el director y porque ellos ya eran buenos cuando llegaron – recalca nuestro interlocutor.
Todo empieza en la mente, pero cada historia debe terminar en el corazón
Luis Merlo

Décadas deambulando por los laberintos de destinos complejos hicieron que las tablas para él se convirtieran en mucho más que un simple lugar de trabajo: se transformaron en una herramienta de introspección.
– La interpretación, el mundo del teatro y de la creación escénica me han ayudado a mejorar todos los aspectos de mi vida – destaca Merlo.
Sin embargo, para que esa transformación interior se transmita fielmente al público, es necesario un equilibrio casi quirúrgico. Según sus palabras, es un eterno baile entre lo que pensamos y lo que sentimos.
– La combinación perfecta de esas dos cosas. Todo nace en la mente, pero debe terminar en el corazón – explica.
Su huella artística no está grabada solo en la cultura popular, sino también en grandes obras de la literatura universal. Llevar ante el público la compleja filosofía de Albert Camus exigió un esfuerzo sobrehumano para que la tesis no solo se pronunciara, sino que se viviera profundamente.
– Sí, el clásico contemporáneo fue “Calígula” de Albert Camus. Camus expuso la esencia del existencialismo defendido por Sartre, Beauvoir y muchos otros: fue un movimiento cultural. El existencialismo tiene profundidad en todos sus conceptos y, para que sea teatral —es decir, para poder decirlo en voz alta y que el público lo entienda—, debes comprender muy bien lo que dices, y eso a veces es muy complicado – explica el actor.
Zmaj curaba cuerpos de día y sanaba almas de noche — en esa dualidad me veo a mí mismo
Luis Merlo

Y a pesar de su capacidad para dar vida a los dramas humanos más duros, Merlo insiste en rechazar cualquier atributo “mágico”. Para él no existen las ilusiones, sino únicamente un oficio forjado con lágrimas, sudor y décadas de trabajo, acompañado de un profundo respeto hacia quien compra una entrada.
– Respeto muchísimo a los artistas, pero me considero solo un intérprete. Yo doy vida a lo que ya está creado y lo hago con seguridad: después de 41 años sé contar una historia, y mi único objetivo es el público que está sentado escuchándola. – dice con humildad Merlo.
¿Y cómo toma pulso la palabra impresa sobre el papel? Todo comienza con ese primer encuentro con el guion, cuando nace una visión que aún debe sobrevivir a la dureza de los ensayos.
– En la primera lectura imaginas lo que te gustaría hacer con ese personaje. Ves muchas cosas con claridad. Luego, a través de la repetición en los ensayos, intentas encontrar aquello que viste en esa primera lectura. Te dices: “Quiero hacer esto y aquello, y que este personaje sea así”. Después, con los ensayos, para convertirte en ese personaje, al principio no ves nada, y luego, poco a poco, se enciende la luz… – describe gráficamente nuestro interlocutor.
Que los verdaderos valores no conocen fronteras geográficas lo demostró también el encuentro de Luis con el patrimonio cultural serbio. Cuando le presentamos la figura y la obra de Jovan Jovanović Zmaj, cuyo nombre lleva nuestra revista con orgullo, la reacción de Merlo reveló un reconocimiento artístico profundo.
– Interpretaría al propio Zmaj. Me identifico con su dualidad y con su capacidad de adaptación. Zmaj no era solo una cosa: era un médico que de día curaba cuerpos y de noche un poeta que sanaba almas. – sincero el gran actor español.

Atento a las necesidades de las nuevas generaciones, su relación con los niños que recién descubren el escenario está completamente libre de rigidez académica. En lugar de lecciones secas de dicción, les ofrece una receta para preservar el espíritu.
– Nunca les daría una clase de interpretación, sino un consejo como espectadores: que valoren y aprendan que el proceso de una obra de teatro es lento. Vivimos en un mundo de inmediatez, y ese mundo a veces debe detenerse, y el teatro es uno de los lugares donde eso puede ocurrir. Que se sumerjan en la historia y que no piensen en cómo entran en la sala, sino en cómo salen de ella – aconseja el actor.
Mientras hace balance de las cientos de vidas que ha vivido bajo los focos, queda claro que ninguna despedida del escenario ha pasado sin dejar huella en su personalidad.
– He aprendido que todos esos personajes, por oscuros o luminosos que sean, tienen algo de mí, y yo tengo algo de cada uno de ellos – concluye Merlo.
Al final, para los jóvenes lectores de “Zmaj” que comienzan a construir su autoconfianza, deja un mensaje que recuerda por qué la imaginación es el único pasaporte verdadero hacia la libertad.
– Toda mi vida he viajado a lugares en los que nunca he estado y quizá nunca estaré — y todo gracias a la lectura – dice para “Zmaj” Luis Merlo.
Niño del teatro
Luis Merlo no es solo una estrella de series televisivas. Es hijo de los célebres actores Carlos Larrañaga y María Luisa Merlo, y tanto sus abuelos como sus antepasados por ambas ramas también fueron destacados artistas dramáticos.
Aunque el público internacional lo reconoce como Héctor en “El Internado” (por cuyo papel recibió el prestigioso premio Iris), Luis es igualmente querido en su país por su extraordinario talento cómico en las series “Aquí no hay quien viva” y “La que se avecina”. Sin embargo, su mayor amor sigue siendo el teatro: con una carrera de más de 40 años, Merlo es considerado el “rey de las tablas”, y las funciones en las que actúa suelen agotarse con meses de antelación.
